martes, 12 de enero de 2010

El final del verano.

Cuando lo vi de nuevo no podía creer lo mucho que extrañaba esos ojos de gato, tan vivos, tan penetrantes. Le dí la mano. Besó mi mejilla. Había olvidado lo bello que es sentir el calor de unos labios en la piel. En realidad, cuando lo pienso bien, creo que me he olvidado muchas cosas.

Él siempre ha sido tan gentil conmigo, siempre tan risueño y dispuesto. A veces pienso que no podría jamás encontrar a alguien como él. Sin embargo…

Caminamos lento por el parque. como queriendo desacelerar el tiempo, sin soltarnos las manos. Él se aferraba a mi como un chiquillo que no quiere perder a su madre en medio de una muchedumbre. Me provoca tanta ternura.

El verano estaba por terminar y el día no podía ser mas perfecto. Sentados bajo un árbol, entre sus brazos. Yo dormitaba mientras él jugaba con mi cabello. Sonreía con los ojos cerrados, mientras imaginaba la enorme sonrisa que se dibujaba en su rostro. Ninguna palabra estropeo el momento, el silencio era mágico, casi de ensueño. El cielo empezaba a tornarse rojo y nos volvimos cómplices con un beso.

Desperté y vi su espalda desnuda frente a mí. Conté en silencio sus lunares y ahogué una pequeña risa. Lo observé respirar, y me quedé a su lado contemplando su sueño, tan tranquilo y apacible. Qué envidia.

Salí lentamente de la cama. Me puse la falda.

No me atreví a decir adiós.

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